Si voy a ese primer ejemplo, simple, de la manera en que puedo sentirme ante la perspectiva de asistir a una fiesta, podemos observar algunas características de nuestra sociedad. Hemos excluido cualquier sensación que nos perturbe. Hemos perdido capacidad de tolerancia ante la incomodidad. Opinamos que pasarlo mal no tiene sentido y tenemos amplio entrenamiento en tapar esas sensaciones. Además, hay una sutil exigencia de ser y estar “siempre” brillantes, plenos, alegres y ocurrentes. Como no es factible “siempre” estar así y más ante un evento que va a suceder con su lógica variabilidad de situaciones posibles, me altero, lo llamo ansiedad y ante la reiteración de circunstancias parecidas, me proveo de medicamentos que calmen mi nerviosismo y eleven mi ánimo.

El consumo de ansiolíticos, según la OCU, se dispara en España en los últimos doce años con cifras por encima de los datos europeos. Cuatro veces más que en Alemania o Reino Unido, por ejemplo.

Por otro lado, El Observatorio Europeo de las Drogas y de las Toxicomanías afirma que Europa es el territorio con el consumo medio más elevado del mundo. Lo cual me lleva a otra reflexión. Nos hemos vuelto excesivamente sedentarios con predominio de la realidad mental y virtual. Hace apenas una o dos generaciones, la actividad física de los hombres y de las mujeres, en sus trabajos, actividades y transportes era muchísimo más elevada con lo que descargábamos mucho más fácilmente nuestras tensiones. Los problemas ante los que se enfrentaban tenían un componente físico y real lo que llevaba a enfrentarlos en la realidad “físico-real” y resolverlos. En el mundo mental y virtual actual, se originan problemas y conflictos ante los que el cuerpo reacciona de modo físico activándose. (Sólo tenemos ese modo de reaccionar). Pero la solución del problema no está en el ámbito corporal real sino en el mental. El cuerpo no puede descargar esa energía, atrapado en esta contradicción que se queda circulando en el sistema y muchas veces se manifiesta en modo de ansiedad.

Se nos olvida que somos animales mamíferos. Que llevamos miles de años funcionando de ese modo en el planeta. No somos “sólo” ideas y mente. Somos cuerpo. Y si nos queremos poner por encima de él o “jugar a que no existe” nos llevaremos desagradables sorpresas.

No quiero simplificar este trastorno que da lugar a sufrimiento en las personas y que causa muchas bajas médicas. Que, en muchos casos, necesita un tratamiento prolongado con el fin de ayudar a identificar el origen del trastorno que, muchas veces, está en una mala gestión de las emociones y en una fragilización de los propios recursos que dan el soporte necesario para afrontar la propia vida.

Sí quiero aportar una reflexión que contribuya a proporcionar ajustes para una sociedad más armónica con nuestra naturaleza y más saludable.

Reyes Quintana Sánchez

Terapeuta Gestalt y docente en Las Palmas, Tenerife y La Palma