La danza entre intimidad y protección

En la experiencia humana, una de las grandes tensiones que generan sufrimiento es la que aparece en los vínculos. Tan sutiles y universales como profundas, encontramos dinámicas entre la necesidad de conectar y la necesidad de protegernos.

Nos movemos constantemente entre el deseo de abrirnos al otro y la necesidad de resguardarnos por miedo a sufrir; entre la necesidad de sentir sostén para regularnos y una autosuficiencia rígida basada en la exigencia.

Hace un tiempo leí una metáfora sobre cómo las protecciones pueden desconectarnos del contacto auténtico. En algún momento de nuestra vida fue necesario colocarnos una fuerte armadura tras haber vivido una experiencia dolorosa en lo vincular, para evitar que volvieran a hacernos daño. La dificultad aparece cuando esa protección, que en su momento nos sirvió, permanece de manera constante y rígida en nosotros, sin capacidad de flexibilizarse.

Imagina que te pones una armadura para ir a la guerra: tiene todo su sentido. ¡Qué recurso tan valioso! En ese contexto, la protección tiene un objetivo y es completamente necesaria.

Ahora imagina que, después de llevarla tanto tiempo, ya no logras diferenciarla de tu ser: eso que solemos decir “yo soy así”. Imagina que decides ir a la playa con esa armadura. ¿Podrías sentir el calor del sol rozando tu piel? ¿Podrías percibir lo agradable de la arena sosteniéndote? ¿Podrías ver la intensidad de los colores si llevaras un casco? ¿Qué pasaría si te bañaras en el mar? ¿Podrías sentir la ligereza al flotar?

Imagina que estableces relaciones llevando esa misma armadura.

Te acercas al otro, pero hay algo que siempre se interpone. ¿Podrías sentir de verdad la calidez de su presencia?, ¿Podrías sentir una caricia tierna?, ¿Percibir una mirada amorosa?. Quizás podrías compartir, hablar, incluso reír…pero ¿cuánto de ti estaría realmente disponible?

¿Qué ocurriría si el otro intenta acercarse un poco más?, ¿Podrías sostenerlo sin que se active la necesidad de protegerte?

Tal vez esa armadura te ayude a no sentir el dolor, pero también amortigua el amor, filtra el encuentro y limita la profundidad del vínculo. Porque en las relaciones no solo evitamos ser heridos, a veces, sin darnos cuenta, también evitamos ser tocados.

Es cierto: aquello que en su momento te protegió ahora puede impedir el contacto con lo sutil y lo esencial. Lo que fue necesario para seguir adelante puede limitar hoy el encuentro con el otro y con el aquí y ahora.

Esa armadura te protegió de posibles heridas; ahora puede impedirte sentir una caricia, el calor del sol, un beso, un abrazo. Puede dificultar dejarte permear por lo sutil, lo delicado, lo tierno, lo sentido.

Las protecciones, lejos de ser enemigas, son estrategias de afrontamiento que el organismo encuentra para preservar su integridad. A través de la retirada, la racionalización, el perfeccionismo, la exigencia, la evitación o el control, estas “armaduras” pueden manifestarse de múltiples formas. El problema no reside en su existencia, sino en su rigidez y en la identificación con ellas.
“No soy así”, sino: “hay una parte de mí que intenta protegerse”. Cuando la protección se vuelve automática e inconsciente, interrumpe el flujo del contacto y limita la posibilidad de intimidad.

El trabajo no consiste en eliminar la protección ni en forzar la intimidad. Más bien, se trata de favorecer un espacio seguro donde podamos experimentar nuevas formas de contacto, encontrando maneras de vincularnos que resulten seguras.
La palabra intimidad proviene del latín y hace referencia a “lo más interior”, “lo más profundo”. Implica mostrarnos desde la vulnerabilidad y la autenticidad de nuestro ser esencial, desde lo que realmente somos y sentimos, sin máscaras.

Es poder expresarnos con naturalidad como una manifestación viva y consciente de quienes somos en cada momento, en contacto con nuestras sensaciones, emociones y necesidades, actuando desde esa coherencia. Mostrar nuestras cualidades, miedos, heridas, afectos, ilusiones, inseguridades, nuestras defensas y nuestro sentir más profundo.

En este sentido, los niños nos dan una gran lección cuando se muestran desde su ser más genuino y auténtico, libres de juicios.
La posibilidad de un encuentro genuino se sostiene sobre algunos pilares fundamentales: la seguridad, la coherencia y la confianza. Espacios donde exista consistencia entre lo que se dice y lo que se hace; encuentros nutritivos que favorezcan la conexión y la validación emocional desde una mirada amorosa y compasiva. También es importante generar momentos de presencia y apertura, donde estemos en contacto con el aquí y ahora y con la otra persona. Espacios de intimidad que promuevan la corregulación emocional desde la ternura, desde ese “estoy aquí contigo, en lo que necesites”.

Desde la mirada humanista entendemos que el organismo tiende al crecimiento cuando se encuentra en las condiciones adecuadas.
En definitiva, se trata de crear un espacio seguro donde la persona pueda experimentar nuevas formas de contacto. Explorar qué ocurre al sostener un poco más la apertura o al reconocer, con amabilidad, el impulso de protegerse.

En ese proceso, la intimidad deja de ser una exposición peligrosa y se convierte en un encuentro posible; y la protección deja de ser un muro rígido para transformarse en un recurso consciente para ser utilizado en momentos donde realmente exista riesgo.
Quizá, entonces, la pregunta no sea cómo elegir entre intimidad o protección, sino cómo aprender a danzar entre ambas. Poniendo atención en cuidar los espacios de relación en los distintos ámbitos de nuestra vida y en elegir a las personas con las que poder hacerlo, donde podamos abrirnos sin perdernos y protegernos sin aislarnos.

En ese equilibrio dinámico, profundamente humano, se expande la posibilidad de vínculos más vivos, más conscientes y más reales.

Es ahí, en ese equilibrio, en esa danza, es donde realmente comienza el encuentro.

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