Miedo al miedo: Cuando evitar sentir limita tu vida

Hay miedos que no vienen a asustarnos, tan solo vienen a proteger algo que una vez fue demasiado para nosotros. En realidad, aunque tratemos de no sentirlos, su función es “ayudarnos”.

El problema no es la emoción de miedo o angustia en si misma. En realidad, lo que se vive como una dificultad, que puede llegar a convertirse en un problema, es el “miedo al miedo”.

Cuando empezamos a temer nuestras propias emociones, la vida comienza a organizarse alrededor de una meta (que nos vamos diciendo silenciosamente y de maneras diferentes). No volver a sentir aquello que un día nos desbordó, que nos dejó solos/as o que vivimos sin apoyo suficiente.

En psicología, llamanos a este proceso “evitación experiencial”. Y puede llegar a convertirse en un “problema mayor”, cuando el huir de la emoción incomoda pasa a ser tan frecuente y generalizado en nuestro día a día, que se convierte en lo que se ha denominado desde la mirada de las terapias de tercera generación, como “trastorno de evitación experiencial”. Éste se entiende como un patrón de conducta rígido dirigido a controlar, escapar y/o evitar el contacto con los propios eventos privados aversivos (Luciano et al., 2005).

Es decir, cuando desarrollamos estrategias propias tan sutiles y eficaces para pasar de puntillas o incluso, obviar por completo aquello que nos duele o incomoda de manera casi automática. Tanto que podemos llegar, a veces sin darnos cuenta, a dejar de experimentar numerosas situaciones por la incertidumbre o el temor a lo que pudiera pasar. En el fondo, con ello, también hablamos de memoria traumática y de heridas de apego ( en el vínculo con nuestros padres en la infancia).

Desde una mirada gestáltica o desde la perspectiva del trauma–apego, entendemos que muchas de esas emociones están ligadas a experiencias tempranas donde el sistema nervioso no pudo regularse en compañía, es decir, no hubo un contacto satisfactorio y sano con el entorno.

Todo esto tiene que ver, quizá con historias que has escuchado y te puedan parecer cercanas, cotidianas o incluso, ¿con formas de relacionarte o de funcionar de ti mismo/a? Es como si, a lo largo de la vida, fuéramos cerrando puertas internas para evitar sentir nuestro propio dolor.

Una ruptura de pareja que dolió demasiado y nos afectó profundamente. Una humillación que nadie ayudó a reparar y que viviste sin contar a nadie más. Un momento complicado en el que necesitábamos un simple abrazo y no llegó, por no pedirlo o por incapacidad del otro/a en darlo. Una infancia donde sentir y expresar emociones era peligroso, molesto o ignorado.

El sistema nervioso no solo registra lo que pasó, sino cómo lo atravesamos, de que manera lo vivimos entonces. Es decir, si hubo alguien disponible, si hubo una mirada de apoyo o complicidad, si hubo calma compartida con alguien... Cuando una experiencia intensa ocurre sin suficiente acompañamiento, sostén y seguridad, puede quedar almacenada como una amenaza para nuestro

organismo. Sobre todo, en etapas tempranas de la vida y hasta casi la adultez (que se inicia en torno a los 25 años aproximadamente, según la Psicología del desarrollo).

La memoria traumática no se archiva como una historia asimilada e integrada. Se guarda como una especie de “activación abrupta”, como sensación sin palabras, como estados corporales que pueden reactivarse mucho tiempo después. Y entonces, cuando algo se parece mínimamente a aquello (un tono de voz, distancia emocional de alguien importante para nosotros, una crítica, una reacción en el otro/a semejante a aquello...), la alarma se enciende inmediatamente.

No porque el presente sea igual que en la situación original. Sino porque el sistema nervioso aprendió que aquello “nos ponía en peligro”, en alerta, en estado de alarma. Si en algún momento pasado vincularse emocionalmente implicó por ejemplo, abandono y distancia afectiva, podemos llegar a asociar que determinado vínculo afectivo actual (que suponga mayor cercanía e implicación) es equivalente a alerta, miedo y angustia. Si expresar la necesidad que sentíamos, implicó rechazo por nuestro entorno, nuestro organismo pudo llegar a asociar la idea de “mostrarme tal como soy, implica perder al otro/a”.

Estas asociaciones no las decidimos a voluntad. Especialmente, en momentos vitales en los que somos muy vulnerables. Dichas conexiones son relacionales, corporales y de contacto (físico y emocional) con lo que nos rodeaba. Es decir, nuestra seguridad dependía de nuestra vinculación con un entorno, persona o grupo, que nos ofrecía esa ayuda, afecto, apoyo, protección, pertenencia…Y cuando este entorno “fallaba”, aprendíamos a desarrollar estrategias para “sobrevivir” emocionalmente. Es decir, en su momento, fueron maneras de adaptarnos lo mejor posible a lo que había.

El malestar secundario asociado, suele aparecer cuando esas adaptaciones antiguas siguen dirigiendo nuestra vida presente, repitiéndose en historias, decisiones, situaciones o relaciones con las que no nos sentimos llenos y vitales. Al contrario, en numerosos casos, con ello nos sentimos cada vez más alejados/as de nosotros mismos y de otros/as, más vacíos, más a la deriva, con mayor sensación de soledad e insatisfacción con la propia vida.

El sistema nervioso es extraordinariamente fiel a su misión, protegernos. Sin embargo, no distingue bien entre pasado y presente, cuando la huella es traumática. Responde por semejanza, no por contexto actual. Es decir, responde por semejanza emocional y dispara la amenaza para “cuidarnos”.

Por eso, aunque hoy tengas más recursos y más autonomía que antes, la activación puede aparecer como si siguieras siendo aquella versión de ti. Es como si, un guardián siguiera usando un mapa antiguo. Y sin darte cuenta, puedes terminar organizando tu vida para no activar memorias que ya no describen quién eres hoy.

Por eso, evitar nos da alivio inmediato. Si no me vinculo demasiado, no me abandonan. Si no necesito o no pido ayuda, no me rechazan. Si no me expongo, no me humillan. Este alivio regula momentáneamente el sistema nervioso. Y por eso vuelve a pasar, una y otra vez. A corto plazo calma. A largo plazo empobrece la nuestra experiencia relacional y limita nuestra expansión, crecimiento y desarrollo personal. Entonces, lejos de lo que creemos, evitando, caemos en una trampa.

Trabajar el miedo, la ansiedad o la angustia, desde esta perspectiva psicoterapeútica no consiste en exponerse bruscamente ni en forzarse a sentir. Consiste en generar experiencias nuevas de regulación compartida, seguridad y coherencia interna.

Por eso, muchas veces, el primer paso no es abrir la puerta de experiencias que nos abruman, sino que alguien esté contigo delante de ella y comenzar a re-elaborar lo que nos pasa para empezar a aproximarnos poco a poco. Cuando el miedo deja de ser enemigo y empieza a ser memoria protectora, la herida puede empezar a integrarse. El sistema nervioso puede actualizar su mapa. La puerta deja de ser amenaza y puede convertirse en posibilidad de vinculación sana contigo mismo/a y con otros/as.

No se trata de dejar de sentir ansiedad o miedo. Se trata de que esas emociones no estén ancladas a vivencias pasadas, sino de ampliar el territorio emocional interno. De permitir que el presente tenga más peso que el pasado. De poder vincularte sin que esas memorias decidan por ti. De integrar lo vivido en condiciones seguras.

Porque el objetivo no es no sentir la emoción que te abruma. Es que ésta no limite tu capacidad de elegir, de desarrollarte y de experimentar la vida. Que no te limite para re-aprender a vivir emociones que en otro momento te marcaron tanto que ahora, tiendes a evitar. Y en esta huida de ti mismo/a, te alejas también de tu autenticidad y de tu libertad, convirtiéndote en prisionero/a de tus propias máscaras y reduciendo la vida a un guion inflexible que tú mismo/a te impones.

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