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Desde el punto de vista de la salud entendida en el sentido más integral, creo que no es difícil llegar a un consenso sobre qué hábitos, comportamientos o costumbres serían los más adecuados para nuestro bienestar. Así, podríamos hablar de tener una vida más saludable, lo que incluiría, entre otras cosas, el tener una buena alimentación, hacer algo de ejercicio físico, mantener una buena red de relaciones personales y familiares, y conseguir un trabajo donde podamos poner en práctica y desarrollar nuestras capacidades.

Desde el punto de vista de la salud entendida en el sentido más integral, creo que no es difícil llegar a un consenso sobre qué hábitos, comportamientos o costumbres serían los más adecuados para nuestro bienestar. Así, podríamos hablar de tener una vida más saludable, lo que incluiría, entre otras cosas, el tener una buena alimentación, hacer algo de ejercicio físico, mantener una buena red de relaciones personales y familiares, y conseguir un trabajo donde podamos poner en práctica y desarrollar nuestras capacidades.

A esto podríamos añadir otras recomendaciones y, como decíamos al inicio, ponernos de acuerdo sobre qué es lo mejor que nos va para llevar una vida en mejores condiciones y ser feliz, si cabe. Lo curioso es que, pudiendo estar de acuerdo, qué difícil es llevar a cabo en la práctica el hacer cambios que ayuden a mejorar nuestra vida.

Este tema es muy habitual en el día a día de una consulta de psicoterapia donde, en principio, vamos con la intención de mejorar nuestra forma de estar presentes en la vida. Es más, en muchas ocasiones, pretendemos progresar haciendo que cambien las cosas a nuestro alrededor descartando que el cambio sea desde nosotros, desde dentro. O sea, que todo cambie sin cambiar nosotros.

Más específicamente en el ámbito de la psicoterapia, vemos cuántas trabas y obstáculos se oponen a que llevemos a cabo un cambio que deseamos y que conscientemente hemos acordado con el terapeuta. Es lo que se denomina la resistencia al cambio. Que viene a ser consecuencia de motivos inconscientes y que no están a nuestro alcance, por lo menos en primera instancia.

Resistencia al cambio serían todos aquellos elementos que se oponen a la buena marcha de la psicoterapia, que persigue la mejora del paciente y la remisión de los síntomas que le traen a consulta.

Esto se expresa en ocasiones a niveles muy sutiles. Por ejemplo, cuando tras un período largo de psicoterapia y tras un progreso avanzado por parte del paciente, llega la despedida. Y, sin que haya razones o motivos claros se da, de repente, un empeoramiento o un retroceso en la mejoría alcanzada hasta el momento.

Menos sutil es cuando queremos aplicar al tratamiento la máxima de “mente sana in corpore sano” indicando a la persona que realice ejercicio físico moderado, concretado en un paseo diario de media hora al día. Esta recomendación que a todos vendría bien se convierte en un imposible pues salen diversidad de motivos y excusas para no poder llevar a cabo dicha indicación.

Y es que hay motivos más o menos inconscientes que ejercen mayor influencia sobre nosotros que el simple razonamiento lógico. Porque si sabemos que nos sienta bien un cambio, estamos de acuerdo y lo razonamos, cómo es que no lo llevamos a cabo.

Explicaciones hay muchas y dependen de cada caso, pero es que no estamos tan dispuestos al cambio de unos patrones o comportamientos aunque sean perjudiciales porque, entre otras cosas, es lo que conocemos. Y todo cambio supone una incertidumbre, el dejar unos esquemas conocidos a los que nos hemos acostumbrado.

Para acabar comento un ejemplo ilustrativo que seguro todos conocemos y que se observa en la infancia. Me refiero a como se aferra el niño a ese peluche que le ha acompañado desde hace tiempo y que prefiere al que su madre le ofrece nuevo y reluciente. Su gastado y descolorido peluche tiene peor aspecto que el que se le ofrece, pero sí que tiene una mayor carga afectiva pues ha sido compañía en sus primeras experiencias de vida. Al igual que sobre ese objeto hay depositado una gran carga afectiva, sucede con nuestros esquemas y patrones de comportamiento.

 

Alejandro Carmelo Santana Álamo

Psicólogo y Psicoterapeuta