Sabemos que la irritación, el enfado, la rabia, la furia, la cólera y la violencia, son todas ellas manifestaciones con distinta intensidad de una de las seis emociones básicas que experimentamos los seres humanos: la ira. Las otras cinco son el miedo, la aversión, la alegría, la tristeza y la sorpresa. Sabemos también que esta emoción, al igual que las otras cinco, satisface en la persona una función importante de adaptación al medio, le ayuda, manejada de una forma adecuada, a poder mantener relaciones satisfactorias con sus congéneres. Sin embargo, de estas seis emociones básicas, ha sido la ira, desde la más tierna infancia, la más sancionada socialmente. Veamos un ejemplo que nos puede ayudar a comprender cómo se han llegado a desarrollar estas dificultades con el enfado o agresividad. 

¿Recuerdan de niños, cuando nos enfadábamos por algo y se nos escapaba una palabrota, lo que nos decían los adultos, eso de: “como te oiga decir eso otra vez te voy a lavar la lengua con un estropajo”, o esto otro de: “si te lo oigo de nuevo te voy a picar los morritos”? Como no podíamos evitar que se nos escapase alguna palabrota cuando estábamos un tanto enfadados, lo que hacíamos era llevarnos la mano a la boca tratando de evitar, siempre en vano, que se escapase de nuestra boca esa palabra tan sucia. Incluso hoy en día pareciera que inconscientemente seguimos creyendo que nos pueden aplicar la técnica del estropajo, pues cuando creemos que podemos estar diciendo algo inadecuado y nos sentimos inseguros, seguimos con la tendencia de llevarnos la mano a la boca. Pues bien, qué podemos concluir de esta anécdota por la que todos hemos pasado en un momento u otro. ¿Acaso no esta bien limitar determinadas expresiones en los niños. No es normal querer educarlos? Claro que si, obviamente. Hasta aquí es todo comprensible. 

El problema comienza cuando, además de tratar de limitar la conducta del niño, en este caso decir esas palabrotas, como decíamos cosa a todas luces comprensible, los padres acaban limitando, además, la experiencia misma de enfado. Es decir, restringen la vivencia de agresividad que el niño experimenta, de forma que ya no es la conducta externa de éste lo que esta siendo recriminado, la palabrota, sino la misma realidad del enfado. Recuerden también, si no, lo que nos decían en otras ocasiones cuando nos enfadábamos intensamente: “a ver ese genio eh, que como vaya yo vas a llorar… pero con motivos”, ¡como si no estuviéramos llorando ya con motivos! 

Podemos ver pues, cómo una gran mayoría de personas ha sido educada atendiendo a su conducta, pero no a sus emociones. Se les ha enseñado lo que se esperaba de ellos, lo que estaba bien de su comportamiento y lo que no, pero sin atender a sus emociones, a lo que sentían. Nadie les ha enseñado a expresar de forma constructiva y saludable sus emociones, sobre todo esas que experimentan en los momentos de tensión e ira, de forma que cuando se sienten molestos, invadidos, agredidos o abusados por alguien, sobre todo si es alguien importante para ellos, en el momento en el que van a expresarle su enfado, se quedan bloqueados, como si un impulso misterioso les volviera a llevar la mano de nuevo a su boca para sellarla. 

Con este proceder, al tragarse toda su agresividad, toda su fuerza, que en un primer momento iba hacia fuera, acaba arremolinada en su interior y volviéndose en su contra, es decir, termina por convertirse en una autoagresión, en el sentido de que se hacen a sí mismos lo que, en el fondo, querrían hacerle al ambiente. En los casos donde existe una gran cantidad de energía reprimida, y en gran parte fuera del campo de conciencia de la persona, ésta acaba canalizándose y depositándose en determinadas áreas del organismo y generando toda una serie de síntomas, como puedan ser contracturas musculares, dolores de cabeza, problemas estomacales, articulares, etc. Aunque también es muy común encontrarse con personas que, más que síntomas somáticos, dicen experimentar un gran pesar, desaliento, desesperanza, depresión, en definitiva, una importante tristeza que, en el fondo, no es otra cosa que una gran cantidad de enfado no expresado. Un hermoso cuento extraído de un libro de Jorge Bucay nos puede ayudar a comprenderlo mejor.  

“Había una vez, en un reino encantado, un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores. Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas entraron al estanque. La furia, apurada (como siempre esta la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y mas rápidamente aun salió del agua. Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró. Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza. Y así vestida de tristeza, la furia se fue. Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia. Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza”. 

De igual forma podríamos decir que, en muchas ocasiones, cuando uno se encuentra con la tristeza, profunda, densa y oscura, si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta tristeza que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la tristeza, en realidad, está escondida la furia. 

Es cierto que existen muchas personas que llevan utilizando este mecanismo de forma continua desde los años de su infancia, llegando casi a perder la conciencia de la gran cantidad de energía y fuerza que aguarda encerrada en su interior. Muchas de ellas me dicen en consulta que no pueden dejar de sentir miedo ante la idea de expresar el enfado que sienten con su pareja, su jefe, sus vecinos o sus compañeros de trabajo. Es cierto, en parte no podemos dejar de sentir lo que sentimos, pero podemos decidir qué hacer con lo que sentimos, con nuestro enfado y con nuestro miedo, que es, en definitiva, la mejor forma de cambiar lo que sentimos, nuestro miedo y nuestro enfado. No se trata de no tener miedo a la hora de actuar, de mostrar nuestro enfado, sino de mostrarlo a pesar de él. 

Si bien esta es la actitud necesaria para introducir un cambio importante en la forma de gestionar nuestros enfados y nuestra agresividad, no es menos cierto que se requieren de una serie de habilidades o reglas de funcionamiento que nos permitan aventurarnos en esta empresa con un mínimo de garantías. Cuáles son pues estos principios. Veamos algunos de ellos. 

En primer lugar, y casi diría que lo más importante, es aprender a reencuadrar la experiencia, de forma que podamos ver el hecho de mostrar honestamente nuestro enfado como una oportunidad de acercamiento a la otra persona y no de ruptura de la relación. Se trata, en definitiva, de visualizar al otro estando agradecido con nuestra actitud y no como molesto. Si tenemos dudas acerca de la posibilidad de que a la persona con la que nos sentimos molestos y enfadados le resulte grata esta actitud nuestra, sólo tenemos que pensar si a nosotros nos gustaría que, en caso de haber estado ofensivos con alguien, se nos acercase mostrando su enfado con honestidad y con predisposición al encuentro.   

En segundo lugar es importante, a la hora de mostrar nuestro enfado, responsabilizarnos plenamente del mismo, es decir, asumir plenamente la autoría de éste, reconociendo que somos nosotros los que experimentamos el malestar y no que es la otra persona la que nos lo causa, pues en este caso estaríamos inculpándolo y responsabilizándolo de lo que sentimos. Por muy desagradable que nos resulte el trato de una persona para con nosotros, somos nosotros los que creamos, en última instancia, nuestra experiencia, no el otro, de ahí que dos personas vivan de forma diferente, por ejemplo, la reprimenda de un jefe. Se trata de la necesidad de expresar con honestidad nuestro sentir, en lugar de proyectar el enfado que experimentamos, pues no es lo mismo decir: “me siento profundamente molesto cuando levantas la voz”, que: “me pones de los nervios cuando me tratas así”. En el primer caso asumimos la acción, yo soy el que me siento así, en el segundo no, pues eres tú el que me pones así.

En tercer lugar es crucial mostrar, junto con el problema o malestar que experimentamos, la necesidad que tenemos, de forma clara y transparente, pues en caso contrario le dejamos a la otra persona la responsabilidad de adivinar cómo queremos que nos trate. En nuestro ejemplo, “me siento profundamente molesto cuando levantas la voz”, sería añadir lo que esperamos de la persona: “prefiero que hablemos en un momento en el que te encuentres más calmado”.

 En cuarto y último lugar es imprescindible, de la misma forma que antes nos hacíamos responsables de nuestro enfado sin proyectarlo sobre el otro, no responsabilizarnos ahora del posible enfado o molestia que le pueda causar a él escuchar nuestra molestia y nuestra demanda. Será oportuno preguntarle cómo se siente con lo que le hemos dicho y escucharle con calma. Si se siente molesto y responde alterado, es importante también que aprendamos a escucharlo en medio de su enfado: y digo a escuchar su enfado y no a tragárnoslo, así como a preguntarle qué es lo que le molesta y qué necesita de nosotros.

 Quizás una de las cosas que mejor muestra el carácter de cada cual es la forma que tiene de manejarse ante las injusticias, su manera de proceder ante los abusos y la fuerza. Saber responde con firmeza y entereza, a la vez que con humildad y tranquilidad, ha sido siempre la mejor arma para desbaratar las agresiones.   

 Cuentan que hubo una vez, en la antigua China, un guerrero que formó un gran ejercito. Con él iba conquistando todas y cada una de las ciudades por las que pasaba, sembrando muerte y desolación por doquier. Su fama llegó a causar tal pánico entre las gentes, que antes de que llegara éste con su ejército, todos los ciudadanos desaparecían sin ofrecer ninguna resistencia y dejando sus bienes a merced de los saqueadores. Un día el guerrero entró en una de las ciudades y, cuando se acercó al templo para coger el oro que allí pudiera haber, cual no fue su sorpresa al ver un monje de pie meditando tranquilamente. El guerrero, ofendido con el monje ante lo que él entendía como una muestra de arrogancia, se acercó a él, sacó su espada, se la colocó en el cuello, y le preguntó: - ¿Acaso no sabes quien soy yo? – Si, le contestó humildemente el monje. – Entones, ¿no sabes que soy alguien capaz de cortarte de un tajo el cuello y ni siquiera pestañear mientras lo hago? – Y tú, ¿acaso no sabes quien soy yo? le preguntó el monje sin levantar la mirada del suelo. El guerrero, profundamente desconcertado ante su respuesta, le preguntó, mostrando un cierto temblor en su voz: - ¿Y… quién eres tú? Entonces el monje levantó su cabeza, fijó sus ojos en los del guerrero y le dijo: - ¿No sabes que yo soy alguien capaz de dejar que me cortes el cuello y ni siquiera pestañear mientras lo haces?