Una persona tan conocida a nivel internacional, como el neurólogo Antonio Damásio, en uno de sus libros, “El error de Descartes”, se toma la molestia de explicar la necesidad de las emociones para tener una buena vida.

Incluso nosotros, los humanos, tan orgullosos (e ilusos) que hemos creído que podíamos manejarnos satisfactoriamente rigiéndonos únicamente por nuestro intelecto, con nuestros desarrollados lóbulos frontales, con nuestra capacidad de razonar, tenemos que aceptar que no es posible. Damasio, se vale de un antiguo caso bien documentado en la literatura científica, lo que le ocurrió a un tal Phineas Gage en USA, para demostrarnos que, sin contar con la colaboración de las emociones, nuestra vida es un desastre.

Sabemos, entonces, que las emociones nos son útiles o más bien, muy útiles, porque rápidamente nos informan de lo que está sucediendo y nos ayudan a reaccionar para cuidar de nuestra seguridad y bienestar. Corresponden a la parte más antigua de nuestro cerebro y no se andan con titubeos. Su objetivo primordial es la seguridad del organismo y a ello van directamente.

Tratándose del Miedo, nos informa de que hay un peligro cerca o acercándose. Un peligro que afrontar. Nos ponemos en alerta consecuentemente, nos preparamos para defendernos gracias a esa información. Por ejemplo, estoy en una feria y noto que alguien me sigue por detrás y se coloca “demasiado” cerca. Esto activará un temor que servirá para prepararme ante la eventualidad de un robo o alguna clase de ataque.

La situación se complica cuando nos salimos del estricto contacto con la realidad. Siempre que el peligro sea concreto tenemos la opción de actuar, pasar a la acción, y resolverlo. Si esto no es así, pueden presentarse problemas.

Los humanos somos unos seres con una alta capacidad simbólica. Podemos mezclar lo real y lo figurado o lo imaginario. Tenemos un dominio de la conceptualización abstracta magnífico que nos ha servido de poderoso recurso para conseguir grandes logros, pero en determinadas circunstancias, esta habilidad puede ser francamente perjudicial.

Poseemos una imaginación potente. Nuestro cerebro mezcla lo real y lo imaginario, lo presente y lo futuro y ante ello nuestro organismo siempre reacciona de la misma manera porque sólo tiene un modo de reaccionar: Aumento de la frecuencia cardiaca, del ritmo respiratorio, paralización de los sistemas del cuerpo que no son estrictamente necesarios para la supervivencia inmediata…El cuerpo se pone en modo emergencia con el objetivo único de ponerse a salvo.

Estamos construidos de tal modo que podemos sentir miedo, con las mismas reacciones físicas, tanto ante algo real: un perro rabioso, como ante algo imaginario: la posibilidad de tener un accidente.

Si ocurre algo que demanda una acción concreta, lucha/huida, el cuerpo descarga la energía recabada y el sistema se normaliza. Recobramos nuestros valores saludables. Pero si no puede descargar porque no existe una realidad concreta que permita la descarga el resultado puede ser bastante dañino. Si “la realidad” es virtual, simbólica, el cuerpo reacciona físicamente de este modo, ya dijimos que no tiene otro, pero la descarga se hace imposible y entonces el sistema se sobrecarga y se trastorna. Si, además, en vez de ser un hecho puntual, se cronifica, los resultados se agravan.

Pequeña conclusión.

Somos complejos. La evolución construye sobre lo antiguo, no desdeña nada. Conviven en nosotros sistemas muy antiguos junto con otros más recientes. El mundo del siglo XXI que vivimos y experimentamos hemos de afrontarlo con el mismo cuerpo que nuestros ancestros de la Prehistoria porque los cambios evolutivos son lentos.

Nuestra sociedad desarrollada cada vez es más “virtual” y menos “real”, cada vez abundan más los casos de ansiedad, estrés crónico y trastornos derivados. Una hipótesis sobre alguna causa de esto es lo anteriormente expuesto.

Tenemos este reto que afrontar: entendernos para poder cuidarnos y también para ayudar a que otros también puedan hacerlo.

Reyes Quintana