El anfitrión se dispone a escucharle y usted habla: “Señor… Sócrates… necesito que me diga que hacer para calmar mi angustia…”

Una sonora carcajada emerge de la boca del anfitrión, el gato asustado da un respingo, golpea una repisa de la cual cae una hilera de latas que retumban como platillos acompañando la risa.

Usted se está convenciendo que ha cometido un error, que ese tío está loco y que nadie en esa pocilga puede consolar su angustia.

El anfitrión recupera la cortesía de niño y sus enormes ojos se fijan en los suyos como magnéticas linternas: “¡Perdón amigo mío, lo he asustado! No ha sido mi intención es que… por lo visto nadie lo ha prevenido… yo soy el viejo Sócrates, no le digo a nadie lo que tiene que hacer, no doy consejos … y en realidad me importa un pimiento lo que cada uno hace con su vida… ya con hacerme cargo de mi conciencia tengo suficiente…” (el gato se le instala en el regazo, ronronea y se duerme). Su voz dulce le invita a proseguir: “Cuénteme, ¿porque sufre?”.

Y con esa dulzura y su mirada penetrante, lo que antes era un deseo de salir corriendo dejan paso a palabras íntimas, sinceras, que comienzan a deslizarse por su boca… Se escucha a usted mismo diciendo amor, abandono, miedo, padre, muchos no sé y percibe un nudo agrio en la garganta. Cuando levanta la vista…el sillón de enfrente está vacío.

“Lo escucho, lo escucho”, le dice el anfitrión agachado entre un montón de libros y papeles mientras el gato jugueteaba con las hojas, “Venga, venga acérquese, ayúdeme a buscar… pero continúe, continúe hablando…”

Sí, sin duda usted siente que debería irse de ese lugar, se enfurece por el desprecio que ha sdemostrado hacia su relato tan conmovedor, pero una mano le arrebata el pensamiento, ya lo ha puesto de pie en medio del cuartucho y le indica posibles lugares para rastrear.

“Mire por allí o por allí, busque, ¿no ha venido a buscar?, entonces busque, seguro que lo va a encontrar”

Se siente como un pollo mojado allí de pie, y dice “¿Pero que tengo que buscar?”

“Usted busque que en cuanto lo encuentre se dará cuenta de lo que está buscando”

Y comienza a deambular buscando no sabe qué, ridículo, desorientado, pero le propuso buscar con tal énfasis, con tal seguridad, que usted no pudo resistirse.

“Mueva ese armario, es muy pesado para mí, pero a usted se le ve fuerte, tal vez se han caído por detrás… eso es, despacio, se le pueden caer las cajas, están llenas de piedras, me gustan las piedras… bien, bien, ¿Se da cuenta la fuerza que tiene?, puede mover ese enorme armario con las cajas de piedras? ¿Siente el cuerpo?”

Usted no deja de empujar con ímpetu, una gotas de sudor chorrean por su cara, con voz entrecortada por el esfuerzo responde “¿Cómo si siento el cuerpo?”

“Sí, el cuerpo, usted tiene un cuerpo, ¿no?, ¡siéntalo!”.

Entonces usted comienza a sentir, el ardor de la gota de sudor cuando entra al ojo, las axilas pegajosas, la tensión en los hombros, los pies que se apoyan como garras en el suelo, las manos, que aunque duelen, no se resisten a dejar de empujar… y siente… un terrible golpe en la cabeza.

Una carcajada aún más estruendosa que la anterior invade el cuarto, una pesada caja le ha dado de lleno en la cabeza y al estamparse en el suelo se ha desparramado un torrente de piedras.

Usted, dolorido, se enfrenta al anfitrión que lo mira impasible, enfurecido comienza a desparramar insultos como piedras contra él, le pide explicaciones por burlarse, se siente avergonzado por haber obedecido como un tonto, desearía golpearlo hasta que cayera derribado a sus pies, su furia crece hasta el grito…pero él lo mira calmo y amoroso, de su fealdad emana una presencia envolvente…está tan cerca del puñetazo como del abrazo… y Sócrates le dice suavemente: “¿Si yo no fuera yo, quién sería pequeño?”, y usted, como un niño, pequeño, baja la vista y se encuentra con la piedra que aprieta entre su mano… es de color azul… azul… como era su caballito de madera.

Los brazos que lo rodean, fuertes, morenos, el olor a sudor, la tibia enorme masa que respira, son el nido de un llanto viejo que usted, ya no puede contener.

Un susurro le dice amablemente: “Bien, ahora podemos comenzar”.

Víctor Ríos

Terapeuta Gestalt yTerapeuta Corporal

Especialista en técnicas de Teatro Terapéutico

Creador de la “Mayéutica Corporal” y “Teatro Mayéutico”

Docente de distintas formaciones de Terapia Gestalt

Creador y director de la formación de Terapeutas Corporales

Miembro de la Asociación española de Terapia Gestalt