En la familia desarrollamos gran parte de nuestro autoconcepto, de nuestra autoestima, y aprendemos a relacionarnos con el mundo, incorporando formas de satisfacer nuestras necesidades y formas de tener en cuenta a los demás. Es donde aprendemos  valores, maneras de estar y de hacer, y donde participamos de una serie de reglas, costumbres, rituales y patrones de relación que persisten con el paso del tiempo. La familia es más que la suma de las personas que la conforman. Es una trama de interrelaciones donde todos se impactan y se influyen con unos códigos propios que le otorgan su propia idiosincrasia. El apoyo y el respeto a lo largo de todo el ciclo vital de la familia son dos valores y actitudes que facilitan la creación de vínculos nutritivos y sanos que permiten un desarrollo saludable de cada una de las personas que la forman.

Como decía D. W. Winnicott, eminente pediatra y psicoanalista, “cada individuo necesita recorrer un largo camino que va desde estar fusionado con la madre, y con la madre y el padre como pareja; a partir de ese momento el viaje transcurre dentro del territorio que se conoce como la familia”. Así pues, las personas de la familia co-evolucionan juntas y van pasando por una serie de momentos vitales en los que van creciendo.

Los dos retos fundamentales del grupo familiar son crear un sentimiento de pertenencia y, al mismo tiempo, facilitar la separación y la construcción de la propia identidad. Se trata de proporcionar raíces y un lugar seguro donde siempre poder acudir al mismo tiempo que facilita la suficiente autonomía para poder volar y que cada persona construya su propia vida.

Cuando el bebé nace está fusionado con su madre, y como dice  M. Mahler, reconocida pediatra y psicoanalista, “el nacimiento biológico del infante humano y el nacimiento psicológico no coinciden en el tiempo […]. Denominamos al nacimiento psicológico del individuo, proceso de separación – individuación.

Aunque unos meses antes se da esa experiencia de sentirse separado y el bebé reconoce al otro como un cuerpo diferente, es alrededor del primer año cuando empieza el proceso de individuación primario. El bebé comienza a ponerse de pie, a andar, y físicamente cambia su posición existencial. Hay un cambio en la dependencia de los primeros meses y puede moverse solo para explorar. Sobre los dieciocho meses hay un salto cualitativo en este proceso y se incrementa la intensidad en la manifestación de la necesidad de afirmarse y el deseo de ir consiguiendo su autonomía.

Si hay una buena seguridad de base, el bebé explorará, buscará el primer punto de referencia que es su madre, para regularse, y volverá a explorar. Esa progresión en la autonomía le permite tener acceso al mundo. Abordar este momento con respeto es no intervenir antes de tiempo. Es dejarle al niño que si se le ha escapado la pelota vaya a buscarla en vez de dársela. Es darle la oportunidad para aprender a valerse por sí mismo siempre con la presencia y el apoyo de la persona cuidadora.

A veces nos anticipamos, y no respetamos ese momento de aprendizaje de la autonomía, por nuestra impaciencia, falta de tiempo, o porque nuestra mirada está en otro sitio. Por ejemplo, cuando un niño está aprendiendo a vestirse y en vez de dejarle el tiempo para conseguirlo solo, le vestimos nosotros para acabar antes. Otras veces, precipitamos la autonomía y forzamos momentos para los que todavía no están maduros; por ejemplo quitar el pañal antes de tiempo o pretender que duerman solos y de manera continua durante toda la noche, interrumpiendo su autorregulación natural de desarrollo y facilitando tensiones innecesarias.

La autonomía saludable es la que se ha conseguido después de un proceso de individuación donde ha habido un acompañamiento emocional, con apoyo y respeto. El reto es apoyar la expresión de voluntad del niño con la suficiente paciencia y presencia por parte de sus figuras más significativas.

Otra cuestión importante es saber que dicho proceso de individuación, aunque estemos acompañando desde el respeto, se da de manera reactiva. Es decir, los niños buscan la afirmación de su individuación psicológica a través de la negación y la diferencia. Por eso es saludable que los bebés pongan mucha energía en afirmarse, en elegir sus cosas. Y es importante que sepamos que diciendo “no” lo que están haciendo internamente es construir su propia identidad. Nos están diciendo “tu eres una persona y yo soy otra”.

Muchas veces, el hecho de que en ciertos momentos evolutivos los niños y las niñas nos lleven la contraria no tiene tanto que ver con que haya una relación conflictiva, sino que responde a un proceso interno infantil saludable y necesario. Entender esto nos puede servir para no pensar que nos quieren fastidiar, que son caprichosos, o que nos quieren dominar. Es importante que no entremos en luchas de poder innecesarias y que aprendamos a acompañar este momento evolutivo desde el respeto, la flexibilidad y la firmeza al mismo tiempo.

Una buena manera de acompañar una negativa de un niño o niña ante algo que los adultos consideramos que es necesario que haga, es darle opciones para que pueda elegir. Por ejemplo, si tiene que vestirse y no quiere le podemos dar a elegir entre dos opciones de ropa: ¿te pones esta o esta otra? De esta manera no entramos a pelear si se viste o no, sino que le damos un margen para que decida, para que manifieste su voluntad y su criterio, al mismo tiempo que hace lo que los adultos consideramos necesario, en este caso vestirse, pero desde la elección y no desde la imposición. De esta manera el niño/a se siente respetado y además es una buena forma de facilitarle que aprenda a tomar decisiones y se responsabilice de sus elecciones.

En otros casos, facilitarles el aprendizaje dejándoles experimentar las consecuencias naturales es una buena manera de acompañarles desde el respeto y de valorar el contacto con las sensaciones de su cuerpo que normalmente vamos perdiendo a medida que crecemos. Si les dejamos comprobar que hace frío será mucho más fácil que se pongan la chaqueta.

El segundo proceso de individuación se da en la adolescencia y también aquí va a ser característica la reactividad. Sin embargo, ahora el punto de mira va a ser lo social y el grupo de iguales. Los padres siguen siendo figuras muy significativas, aunque la referencia principal se pondrá en lo social.

Si hay un respeto de la individualidad y de la construcción de la propia identidad, es más probable que los adolescentes maduren con un yo estructurado y fuerte, y este paso por la adolescencia sea más fácil y nutritivo tanto para los hijos como para los padres.

El otro reto de la familia fundamental es facilitar un sentido de pertenencia que le permita a cada persona experimentar que tiene un lugar en el grupo familiar. Que le permita saber que es un lugar al que siempre puede volver y un lugar de donde viene y al que pertenece. Y ese sentimiento, además de estar construido por todas las cosas que tenemos en común, se consigue cuando la familia satisface las necesidades de apoyo que todos tenemos.

Apoyar es poner atención, interesarse y comunicarse afectivamente con otra persona que está en un momento difícil. No es arreglarle o hacerle las cosas, sino acompañarle hasta que llegue al punto en que realmente no pueda hacerlo sola. Entonces es cuando podemos intervenir y ayudarle a terminar. Si hacemos algo por el otro que el otro puede hacer por sí solo no le apoyamos, sino que le quitamos la oportunidad de que lo aprenda él/ella.

Cuando estamos con un niño/a que está ante una dificultad hay un primer momento en el que esa dificultad le empuja al aprendizaje, pero cuando llega a un punto donde el niño/a va a abandonar lo que está haciendo y baja su energía, su dificultad pasa a ser frustración o angustia y es cuando podemos intervenir y apoyarle.

El apoyo es importante, porque además de proporcionar seguridad y pertenencia, facilita el crecimiento y ayuda a los hijos/as a desarrollar sus propias habilidades, su confianza y la creencia en su capacidad para resolver problemas, enfrentar retos y desarrollar nuevas ideas.

Recuerdo ahora las palabras de Laura Perls, creadora de la Terapia Gestalt junto con Firtz Perls y Paul Goodman, cuando ya en 1953 decía que “el contacto sólo puede ser bueno y creativo cuando existe el apoyo necesario para permitirlo”.

Cada familia lleva a cabo estos dos objetivos principales siguiendo una serie de pautas transaccionales repetitivas que definen las formas de relación  tanto internas de la familia como de su relación con el exterior. Estas pautas se definen en función de las reglas culturales y las propias reglas de la idiosincrasia familiar.  

Las reglas son, en palabras de Virginia Satir, “fuerzas vitales, dinámicas y muy influyentes en la vida familiar”. Son acuerdos que permiten o limitan comportamientos y formas de relacionarse, que pueden ser implícitos, explícitos, conscientes o inconscientes.

En las familias donde hay poca distancia entre sus miembros, no se permite la diferencia, y la individuación se hace difícil. Se suelen evitar los conflictos, se sobrevalúan los acuerdos y las similitudes. Suele ser frecuente también el contagio emocional entre ellos. Dicha tendencia facilita que haya mucha pertenencia y eso puede ser muy funcional en los momentos del ciclo vital familiar donde es importante el apoyo; y puede ser conflictivo en los momentos donde es fundamental facilitar la separación, como por ejemplo en la adolescencia.

Hay otra tipología de familias donde la tendencia es la contraria. Hay distancia entre sus miembros, y el hecho de valorar mucho la individuación tiene su repercusión al verse mermado el sentimiento de pertenencia y la experiencia de apoyo. Son familias donde las personas no se acercan ni en el enfado, ni en el afecto. Hay una sobrevaloración de la privacidad y suelen mantener sus preocupaciones y problemas para ellos mismos con dificultad para pedir ayuda.

Con respeto hacia el proceso de desarrollo de cada persona y un apoyo adecuado es como podemos conseguir el equilibrio necesario para construir relaciones familiares nutritivas y saludables, y permitir así tanto la seguridad que transmiten las raíces y como la libertad para volar.

Tener información sobre el desarrollo evolutivo emocional de los hijos/as facilita la comprensión y podemos con este conocimiento aprender a respetarlos. Los hijos no hacen las cosas por fastidiar. Hacen lo que pueden y lo que saben con las capacidades y la maduración que tienen en cada momento.

Utilizar mensajes referidos a acciones concretas, en vez de transmitir mensajes atributivos con el verbo “ser”, es una forma de respetar la individualidad de cada persona. No es lo mismo decir “eres malo” que decir “lo que acabas de hacer no me gusta”. Los mensajes “eres” van directos a la formación del autoconcepto del niño/a y si éstos son muy frecuentes y de signo negativo, van construyendo una imagen de sí mismo conflictiva y con una autoestima muy baja. Si hacemos referencia a algo que ha hecho y se puede modificar, les estamos transmitiendo que todas las personas nos equivocamos alguna vez y que los errores se pueden reparar.

Revisar nuestras propias necesidades, las frustraciones de nuestra propia historia y las expectativas respecto a nuestros hijos/as nos ayuda a respetar la diferencia del otro y a no confundirnos. Si tenemos claro lo que tiene que ver con nuestras proyecciones no forzaremos a nuestros hijos a ser, ni a realizar, nuestros sueños no cumplidos. Reconocerlos como personas diferentes es importante para no interferir en la elección de sus propios caminos.

Dar espacio para que coexistan las necesidades de todas las personas del núcleo familiar. Si bien es cierto que las personas adultas, sobre todo en un primer momento, tenemos la responsabilidad de atender las necesidades de los más pequeños/as, es importante que no nos olvidemos de nosotros/as y que nos escuchemos y busquemos maneras de atendernos. Los niños/as aprenden de los adultos que les rodean de tres formas: observando cómo se relacionan entre ellos, cómo se relacionan con ellos y cómo se relacionan con el mundo externo (vecinos, amigos, profesores, etc.). Si los adultos atendemos nuestras necesidades también ellos aprenden a hacerlo.  

Mireia Simó Rel

Psicóloga. Psicoterapeuta