He sentido rabia frente a tanta responsabilidad que pesa sobre los terapeutas (en esa búsqueda de la excelencia, acudimos a la supervisión y salimos machacados), he sentido el peso del perfeccionismo, ya que nunca tenía bastante información para elaborar con criterio esta presentación, he experimentado el desdén hacía colegas que sin embargo admiro, por sus palabras admonitorias hacia los terapeutas, para que no favorezcan la vergüenza en el paciente. Todas estas experiencias, como veremos más adelante, forman parte de lo que Kaufman[1] ha llamado “guiones defensivos” que son actitudes que se desarrollan, como su nombre indica, para protegerse de la vergüenza. También he experimentado el auto-reproche, que aparece bajo el diálogo siguiente “por qué te has metido en este embrollo y con este tema, que tantas otras personas mejores que tu han sabido desarrollar”, donde aparece la comparación auto-desdeñosa con los otros, reactivando antiguas escenas de vergüenza. Estas últimas experiencias tienen que ver con lo que Kaufman llama “guiones de identidad” que a diferencia de los guiones defensivos reproducen inevitablemente la vergüenza, son la demostración de la vergüenza interiorizada.

También es la historia de un proyecto, que ha ido cambiado desde el momento en el que le di título hasta ahora y me di cuenta, ayer, que empezó en el anterior Congreso en Argentina. En el momento de escribir estas líneas no se aún cómo seguirá evolucionando, pero está claro que de momento no se parece al motivo original.

El presente trabajo también me ha permitido experimentar una gran ternura, complicidad y tolerancia hacia nosotros psicoterapeutas, que nos vemos confrontados tan frecuentemente con la vergüenza. Y no sólo porque como seres humanos sufrimos de la misma vergüenza que otras personas, entre ellos nuestros pacientes, sino porque tenemos una profesión en la que, por lo general, buscamos la excelencia que está sujeta a las trampas de un Yo ideal. Concepto este, que como veremos más adelante está relacionado con la vergüenza y el sentimiento de inferioridad, así como el Super Yo estaría relacionado con la culpa.

Nuestros pacientes nos cuestionan, nosotros nos cuestionamos, nuestro supervisor nos cuestiona, sentimos que traicionamos la formación recibida, o nos sentimos estúpidos por no haberla entendido.

Así pues, espero que las cosas que diga y las que aprendamos juntos, promuevan el crecimiento, el orgullo por aprender y conocer, y en mucha menor medida la vergüenza.

  1. ¿Qué es la vergüenza?

En primer lugar, voy a abordar qué se suele entender por vergüenza. Esta mañana escuchando a mi amigo Albert Rams, he sido más consciente aún de la necesidad de precisar los términos que utilizamos. Él hablaba de vergüenza en su taller, pero con una significación bastante diferente a la que yo me voy a referir. 

Albert hablaba de sentir vergüenza como algo positivo. Efectivamente hay una acepción de vergüenza que está conectada con la dignidad, el orgullo y que encontramos bajo la expresión “si tuvieras un poco de vergüenza…”.

La vergüenza está relacionada pues, con el aprendizaje social de los valores, de la moralidad, de las lealtades. En este sentido forma parte de los elementos constitutivos de la identidad, o como diremos en terapia Gestalt de la construcción de la función personalidad. Por tanto la vergüenza es un regulador social que nos indica nuestra pertenencia y nuestra construcción permanente. Podríamos decir así, que la vergüenza es un sentimiento normal que indica que se inicia un proceso de diferenciación. Si hay poca vergüenza o demasiada el apendizaje moral fallará.

La vergüenza sirve para advertir sobre amenazas a la dignidad humana, como veremos más adelante. En este sentido va asociada al honor y el orgullo. Es decir, la vergüenza acompañada a menudo de autocrítica es la mejor defensa ante una situación donde la persona ha sido humillada o ignorada.

Hay diferentes grados de vergüenza:

1.- la timidez en la infancia, me escondo detrás de papá o mamá,

2.- el rubor cuando los padres quieren mostrar a amigos o familiares nuestros logros,

3.- el rubor ante la atención que nos presta la persona amada, en secreto,

4.- el rubor ante el reconocimiento público del profesor/a que nos pone como          ejemplo,

5.- el rubor ante un halago recibido

6.- la vergüenza por ser diferente en la familia (ruptura de confluencia),

7.- la vergüenza por ser despreciado, humillado, ignorado

8.- la vergüenza de “clase”

9.- la vergüenza unida a la violencia psicológica y/o física

10.- la vergüenza en los casos de abusos sexuales

11.- la vergüenza de los/as soldados después de una intervención militar

Seguramente se podría continuar con la lista. Hay autores que distinguen diferentes vergüenzas según sean corporales, sexuales, intelectuales, sociales, existenciales…

En todos los casos, desde aquellos que se podrían considerar más leves o vinculados a experiencias positivas hasta los más duros, existe la mirada del otro implicado en mi sentimiento de vergüenza. En todos los casos hay angustia, inseguridad, miedo al rechazo y también en todos los casos hay una exposición no deseada a la mirada del otro.

Acabo de hacer una distinción entre los casos leves como puede ser la timidez y aquellos más duros que provienen de un abuso, violación u otros actos de violencia. No deja de ser una distinción arbitraria basada en divisiones clásicas sobre la gravedad de un trastorno. Esto es, de diagnósticos extrínsecos. Digo esto porque hace años participé en una mesa redonda y en el turno de preguntas del público, un hombre preguntó sobre cómo superar la timidez y el miedo a hablar en público. Uno de mis colegas de mesa respondió rápida y despectivamente: “eso no era un problema”. La intervención de mi colega era susceptible de provocar vergüenza y podría haber tenido como consecuencia que la persona del público se callara, tan típico de la vergüenza. Pero reaccionó y respondió: “efectivamente para ninguno de vosotros, que estáis hablando para más de cien personas es un problema, pero para mí lo es y muy importante”. Mi colega tuvo que disculparse. Esta intervención nos recuerda la premisa fenomenológica y gestáltica que nos invita a considerar cada caso en su singularidad y a no aplicar criterios exteriores sobre la psicopatología. Nuestro acercamiento es singular, único como nos indica el principio de singularidad de la teoría de campo[2] que nos invita a ver cada situación como única y a no extraer conclusiones generalizables, sino ajustadas a cada situación. Los significados otorgados son, por tanto, una función de la situación dada.

Quiero señalar también que, en algunos casos, la vergüenza se experimenta no por haber hecho algo contra la moral, como en la culpa. La vergüenza no tiene tanto que ver con el “hacer” sino con el “ser”. Y en bastantes casos, con el hecho de ser o sentirse diferente. La diferencia puede ser muy difícil de sobrellevar, particularmente si el entorno la estigmatiza y se burla de ella. Así, en una familia de artistas o humanistas, sentirá vergüenza el miembro que se decante por las ciencias y viceversa, será considerado como un bicho raro el artista en una familia de científicos. Qué ocurre aquí, que la diferenciación es despreciada. Como escribe Robine (1999)[3] la ruptura de la confluencia va acompañada de un sentimiento de vergüenza. Si en el proceso de diferenciación, necesidad humana tan básica como el sentimiento de pertenencia, la persona no recibe apoyo de su entorno, vivirá con vergüenza su necesidad de diferenciarse de sus seres significativos. Lo vivirá como una traición a su grupo de pertenencia. 

Se produce una dinámica difícil de sostener entre dos necesidades humanas básicas: la necesidad de relación y la necesidad de diferenciación.

También observamos que hay situaciones de vergüenza relacionadas con aspectos positivos, como un halago. Estamos tan acostumbrados a recibir críticas negativas, que nos azoramos y no sabemos qué hacer cuando recibimos un reconocimiento positivo. No sabemos qué responder, desvalorizamos el halago* con alguna frase del tipo “lo dices porque no me conoces, o porque acabo de arreglarme…, o porque eres mi amigo, hermano etc.” o bien adoptamos una actitud de desconfianza. Cuántas veces he oído “es que no me lo creo” frente a un reconocimiento.

Lucía dirigiéndose a María le dice, “hoy te veo más guapa que nunca, de verdad”. María, como suele ser habitual en estos casos, hace una broma. Las bromas pueden ser un signo de vergüenza. En su broma dice algo sobre su estado febril, que hace que le brillen los ojos. Las bromas pueden ser otra forma de no acoger un halago. A mi me interesa saber por qué Lucía ha necesitado decir “de verdad” y se lo pregunto. Responde que si se lo dijeran a ella no se lo creería y que por eso utiliza esta forma adverbial, para que María la crea, que es un sentimiento verdadero. Me dirijo a María que momentos antes había recibido otro reconocimiento y le pregunto cómo recibe la frase de Lucía. Dice que no se lo cree. María no está acostumbrada a ser vista atractiva, aunque en ocasiones desde una actitud reactiva, reivindica su belleza (la vergüenza de nuevo), sin llegar a creérselo. Pido a ambas que repitan la escena como si de un set de rodaje cinematográfico se tratara y le sugiero a María que olvide el guion que tiene aprendido, que la hace responder de una determinada manera y que improvise una respuesta, sintiendo cómo le afectan los mensajes de Lucia y de Mila. Escucha los mensajes de nuevo en silencio, brotan las lágrimas y cuando puede hablar dice “no se qué decir”. 

Esta respuesta es nueva y la conecta con la novedad de la situación. En terapia Gestalt defendemos que las viejas heridas, que siempre se producen en el contacto con otros, se sanan a través de otros contactos reparadores. Por ello proponemos nuevas experiencias, para que la persona pueda salir de su ajuste conservador y encontrar un ajuste creador viviendo una experiencia nueva. Porque el objeto de la psicología es la experiencia del ser humano. Y ésta, se da siempre en el contacto con el entorno.

Sería largo desarrollar por qué nos es tan difícil aceptar una caricia, un reconocimiento. Escapa a los objetivos de este texto. Remito al/la lector/a a mi otro trabajo sobre la autosuficiencia (Ximo 2007).

Parece como si fuera más creíble una crítica negativa que una crítica positiva. Volveremos a ello cuando hable de la vergüenza en la formación y en la supervisión. Baste señalar aquí que cuando se habla de crítica en otros ámbitos como la literatura, el arte o el cine, decimos que tal obra ha recibido “buenas críticas” o ha recibido “malas críticas”, por tanto y aunque parezca obvio, deseo señalar que la palabra crítica puede referirse tanto a aspectos positivos como negativos de la cosa criticada. Pero hay dos supuestos que manejamos habitualmente: uno que la palabra crítica va asociada sólo a elementos negativos y dos que quien expresa opiniones negativas sobre alguien es más honesto que quien expresa un reconocimiento. Seguro que habéis oído “yo es que soy muy sincero/a, yo digo siempre lo que pienso, si te sienta mal allá tu”. Es curioso que estas personas tan sinceras rara vez expresan una opinión positiva. Casi siempre provocan vergüenza en el otro. 

La vergüenza es una experiencia compleja y a partir de ahora la voy a presentar en su vertiente menos agradable. Aquella vergüenza que provoca gran sufrimiento y aislamiento. Aunque hablamos de vergüenza como si fuera un sentimiento, autores diferentes (Gaulejac 2008, Kaufman 1994 o Fur y Reinhard-Fur 2000) señalan que es un afecto diferente a los otros ya que va acompañada de diferentes emociones como la rabia, la culpa, la ira, el miedo, pero también con el gozo o la excitación. Es pues, un conglomerado de sensaciones y sentimientos. Una de las razones por la que, esta variedad de sentimientos puedan ser motivo de vergüenza o la acompañen, es que el entorno significativo de la persona ha desaprobado* tales experiencias, haciendo que la persona se avergüence de ellas.

2.1 La vergüenza como denuncia

La vergüenza también es un indicador de un acto de violencia, señala la transgresión de un límite, una afrenta al amor propio, y la persona al responder avergonzándose denuncia el acto indigno del otro. Muestra, en tanto que emoción, el estado de una relación entre la persona y su entorno significativo. Es un acto legítimo que indica una injusticia o un acto de violación de la intimidad. Recuerdo un trabajo terapéutico con una mujer, a la que en un momento dado le digo “parece por tus signos de vergüenza que he hecho algo que ha sido intrusivo, y al ver tus ojos huidizos tomo consciencia de ello, aunque no sé bien el qué. Con tu vergüenza te proteges y me haces saber que he traspasado algún límite”. La mujer llora suavemente y me dice “¡gracias!, nunca había pensado en mi vergüenza como algo positivo y nunca nadie se había hecho responsable de mi vergüenza, siempre me remitían a mí misma, indicando que yo tenía un problema”.

Al romper la confluencia, como escribe Robine, somos conscientes de quiénes somos al tiempo que somos conscientes de que no cumplimos las normas del entorno. Sentimos la brecha entre quien creemos ser y lo que deberíamos ser. Podríamos decir así, que la vergüenza es un sentimiento normal que indica que se inicia un proceso de diferenciación.

Podemos sentir vergüenza en el presente porque al ajustarnos a la situación presente (situación de aprendizaje y crecimiento) traicionamos valores del pasado (ruptura de confluencia con lealtades pasadas). O bien porque la situación presente nos conduce a romper la confluencia que imaginamos forma parte del campo presente.

2.2 Algunas características de la vergüenza.

Los signos físicos más habituales de la vergüenza son el rubor (enrojecer), desviar la mirada, bajar la mirada, replegarse sobre sí mismo. La vergüenza implica soledad, aislamiento, silencio, impotencia, deshonor, inadecuación, insuficiencia, humillación, indignidad (no estar a la altura). La persona desea desaparecer, que se le trague la tierra.

Habitualmente aparece vinculada con la culpa, y parece ser que hay un cierto acuerdo en su diferenciación. De la culpa se dice, que se refiere a las acciones cometidas que implican el incumplimiento de una norma, se relaciona con una falta que puede ser expiada mediante el castigo y la redención. Es como un peso que se lleva encima. Está relacionada según Gaulejac y Kaufman con el Superyo. Mientras que la vergüenza está relacionada no con el “hacer” sino con el “ser”, con la indignidad o la inferioridad por ser uno como es. Está relacionada con el Ideal del Yo, por lo que tiene que ver con no estar a la altura de las exigencias de alguien interiorizado. La salida a esta situación no es la expiación sino el destierro, la desaparición del grupo. Es el caso que refleja el cuento del Patito Feo. Muchas personas creen que este cuento habla de un pato feo que al final de la historia se convierte en cisne. Pero no es así, es la historia de un cisne cuyo huevo eclosiona junto a los huevos de una camada de patos. Y que es rechazado-expulsado debido a su diferencia, no por ser feo. Aunque las diferencias hagan que emitamos juicios de valor sobre belleza o fealdad. Es la historia de la búsqueda de su lugar en el mundo, la búsqueda de sus semejantes. Después de mucho viajar al final se encuentra con sus iguales y su necesidad de acogida y pertenencia se colman.

Vamos a hacer un recorrido por otras características[4] que presenta la vergüenza o que van asociadas a escenas de vergüenza. Las iré señalando en negrilla dentro del texto. La vergüenza suele ir asociada a determinadas experiencias sociales como la violencia. En el origen de la experiencia avergonzante siempre existe violencia, sea física, psicológica o simbólica. Son los casos de abuso, agresión sexual, de dominación. Muchos de mis pacientes, hijos o hijas de padres alcohólicos han experimentado esta violencia o la han presenciado y por tanto se sienten desgarrados ya que por una parte se sienten unidos a sus padres y por otra parte los rechazan en los comportamientos que observan, y que incluyen tanto al agresor como a la víctima.

Miriam ha desarrollado un sufrimiento obsesivo y acude a terapia por estar obsesionada con el hecho de no ser suficiente para su pareja. Presenta los signos propios de la vergüenza, aislamiento, mirada huidiza, enrojecimiento (tanto por ser vista de esta forma como por la ira retroflectada). Al profundizar sobre su manera de ser en el mundo aparece su sentimiento de no ser digna, la duda de que alguien pueda querer estar con ella. Si la obsesión es el resultado de un desplazamiento de la angustia de un lugar que la persona no puede ver a otro, le pregunto sobre con quien ha elaborado esta identidad y aparecen sus padres. El padre no ha trabajado prácticamente nunca, es alcohólico y maltrata psicológicamente y a veces físicamente a la madre. A la vergüenza de haber tenido que sacar a su padre de un bar, ir a recogerlo en la calle, se une la vergüenza por las situaciones que presencia en casa. Ya siendo universitaria ante uno de los innumerables altercados de la pareja, Miriam se interpone entre el padre y la madre, el padre la abofetea e insulta. La madre ni hace ni dice nada. El silencio de aquello que no se puede nombrar se instala entre ella y su madre. Lo indecible, lo innombrable forma parte de las situaciones de humillación, son a la vez la consecuencia y la causa de que la vergüenza se instale. Ante la necesidad de hablar y comprender lo ocurrido el entorno se muestra esquivo para escuchar o responder. Aparece la prohibición y la negación de lo ocurrido. Ella abandona el hogar, sigue esperando el apoyo de la madre, unas palabras de disculpa o reconocimiento que no obtiene. Surge el sentimiento de indignidad, junto a al fallo recibido de los padres y el consiguiente sentimiento abandono. Los padres le han fallado, ¿será por su culpa? ¿no es merecedora de cuidados y amor? Ante nuevas situaciones en las que obtiene atención, no lo cree y le surge en forma de dudas sobre si es merecedora de ellos.

En los casos de abuso y/o agresión sexual, la persona no sólo sufre la agresión, sino que se encuentra ante una conspiración de silencio. No puede denunciar la agresión porque piensa, y no sin razón (a las pruebas de todos lo días me remito), que no la van a creer, que van a negar que aquello ha ocurrido, la van a culpar y avergonzar, como provocadora de lo ocurrido o por inventar ese tipo de historias. El entorno familiar, policial, social obliga a la víctima a permanecer en silencio. Y ella se carga de vergüenza, una vergüenza que deberían sentir el agresor y quien no protegió a la persona. Las películas, Festen y Precious* muestran claramente este proceso. Más adelante presentaré a una mujer que acudió a terapia con cerca de 65 años y volveré a hablar de esto.

Gaulejac[5] lo describe de la siguiente manera: 

“La vergüenza se instala porque es innombrable. Es innombrable porque hablar de ella conduciría a poner al día cosas inconfesables y el riesgo de ser uno mismo negado. La vergüenza implica, por tanto, una negación del sujeto, negación que es un medio para el entorno de negar su propia vergüenza, de reprimir la molestia que experimenta, de protegerse de las humillaciones y del sufrimiento que suscita. Cuando la persona siente la necesidad de hablar se encuentra con un silencio de muerte, que renvía al sujeto a sí mismo. O bien uno encuentra palabras de relleno, de consolación, pero siempre con la prohibición de saber y comprender”.

Este mismo silencio lo experimentan las personas que han vivido situaciones de brutalidad, víctimas de conflictos bélicos, pero también aquellos soldados que se han visto obligados a participar en ellos. Ante estos traumatismos la persona se calla avergonzada, por lo que ha experimentado, por lo que ha visto, por lo que ha hecho. Hechos que atentan contra la dignidad humana, como los que en el párrafo anterior también he mencionado. Todo este tipo de situaciones suelen producir impotencia e inhibición en la persona avergonzada, porque siente que no ha podido reaccionar ante el agresor o ante quienes la han obligado a realizar tales actos (el soldado, el niño o niña abusado/a). Esta imposibilidad de actuarrefuerza la vergüenza. La agresividad que no se ha podido dirigir hacia el entorno se vuelve contra la persona, a veces en forma de asco hacia sí misma, la persona se siente sucia, su amor propio ha sido atacado y destruido. Otras veces, la autoagresión lleva al suicidio. Este hecho aparece reflejado en la película Festen antes mencionada. En mis viajes de formación por el extranjero, he tenido la ocasión de conocer relatos vinculados a la violencia bélica, en particular el de un soldado que a la vuelta de una campaña de guerra ya no era el mismo, se abandonó al alcohol, se aisló y terminó suicidándose.

Muchas de las situaciones anteriormente mencionadas, se resuelven mediante la autoagresión. Es decir, en terapia Gestalt la modalidad de contacto establecida será la retroflexión. Otras actitudes son: El auto reproche, las comparaciones en las que la persona siempre se percibe como inferior, el auto desdén.

2.3 La vergüenza como ruptura del vínculo

En Kaufman, autor que sigue en su ensayo sobre la vergüenza, la teoría de los afectos de Tomkins, por tanto, de una teoría individualista, encontramos como motivo de vergüenza la “ruptura de los puentes interpersonales”. A propósito de ello nos cuenta cómo las diferentes necesidades del ser humano (necesidad de relación, necesidad de tocarse y abrazarse, necesidad de identificación, necesidad de diferenciación, necesidad de cuidar, necesidad de afirmación, necesidad de poder) se construyen en una relación mutuamente satisfactoria, pero que cualquiera de estas necesidades está sujeta a decepción. En general será el niño quien se responsabilice de la ruptura del vínculo o pensará que no ha sido merecedor del cuidado y atención del adulto. Se llenará de vergüenza responsabilizándose de la rotura de la relación. Esto es lo que escribe Kaufman: “El puente interpersonal queda formado a partir del interés recíproco y de las experiencias de confianza compartidas. Se requiere de consistencia (que no perfección) y predictibilidad (que no rigidez)”.[6]

Me resulta interesante esta acepción, tan cercana a los postulados de la teoría del self de la terapia Gestalt. Para Robert Lee[7] : “la vergüenza es lo contrario de la seguridad afectiva”; Reinhard Fur y Martina Gremler-Fur[8] escriben: “sentimos vergüenza cuando somos expuestos a los otros y nos sentimos vistos de una manera en la que no nos gustaría ser vistos”; mientras que Wheeler[9] hace referencia a la receptividad: “La vergüenza, pues, tiene que ver con la manera en la que somos recibidos y aceptados, con nuestro vínculo de base en el campo”. Por su parte Ikonen, Rechardt y Rechardt[10], escriben: “La vergüenza es una reacción a la ausencia de una reciprocidad aprobadora”.

La vergüenza está relacionada pues, con el sentimiento de no pertenencia, de no acogimiento, de ausencia de reconocimiento por parte de nuestro entorno significativo. La persona experimenta que “tal y como es” no puede formar parte de la sociedad. Implica ruptura del vínculo.

En todos los autores consultados (Wheeler, Jacobs, Fur, Yontef, Garrivet, JMR, Lee, Kaufman, Gaulejac, Lansky, Erskine) encuentro la idea tan preciada para mí (Ximo 2007) de interdependencia que aparece en el capítulo dedicado a ella.

Si la vergüenza tiene que ver con todo lo mencionado hasta ahora serán antídotos frente a la vergüenza, la convivencia, el vínculo, la palabra, el poder, el honor, la capacidad, la suficiencia, el orgullo, la dignidad. 

2.4 Reacciones a la vergüenza

No hay, evidentemente, una única manera de reaccionar a la vergüenza. Una de las reacciones más habituales es esconderse, retraerse. Reinhard y Martina[11] señalan cuán importante es permitir que la persona pueda replegarse y ocultarse, signo que indica al mismo tiempo la vergüenza vivida y el intento de reparación.

Otra forma de reaccionar es la reactividad, también citada por Vincent de Gaulejac[12] para intentar restaurar la imagen perdida mediante un tour de force (en el original), que demuestre al mundo mis méritos. Escribe Gaulejac, que en un primer momento puede ser un elemento neutralizador ante una situación dolorosa, para posteriormente y en un segundo tiempo sacar el orgullo necesario para “conquistar lo inconquistable”. Permite nutrir el deseo que nos lleva a ser sujeto de nuestra historia.

Más adelante escribe: “La humillación es vivida como una agresión que el sujeto va a buscar exteriorizar bajo la forma de rabia, odio, cólera, revancha o Ambición”[13]. Uno de los casos famosos que presenta en su libro es el de Jean-Paul Sartre y lo pone como ejemplo de ambición o de cómo salir de la vergüenza mediante un proyecto, de alguna manera es como si Sartre hubiera dicho en algún momento “os vais a enterar de quien es Jean-Paul Sartre”. La vergüenza sufrida se convierte en la motivación para llegar a ser “alguien”.

Pero en otras ocasiones la persona que ha sido humillada desarrolla se convierte en una persona amargada, desprecia y odia a todo el mundo con la misma intensidad que ella ha vivido ese odio. Puede desarrollarse una personalidad con un control obsesivo, que nos indica (como desarrollo en otro trabajo) hasta que punto ha sido aterrorizada. La personalidad obsesiva tiende al aislamiento, a la retirada interior en la que se muestra una máscara social pero lo más íntimo nunca se va a volver a mostrar.

Lucía elije ante una propuesta mía, una máscara que hay en mi biblioteca; al describir la máscara habla de la sonrisa y de los ojos que están tristes. Así se siente ella, muestra una gran sonrisa a los demás, pero en su interior está profundamente triste, pero esto no lo va a mostrar. La desconfianza de Lucia hacia los demás, en particular los hombres, es muy grande. El síntoma que la ha traído a terapia es su miedo a volar y a los viajes. Quiere resolver este problema, pero aún no es consciente del vínculo que existe entre su quedarse en casa con su madre, con gente que no le hará daño y su desconfianza hacia las personas”. Detrás de estas actitudes y otras, hay una persona herida en lo más profundo y que repite comportamientos que se han tenido hacia ella, con el objetivo de que no la vuelvan a herir. Pretende quitar el poder de los otros.

Un ejemplo cinematográfico nos lo da El indomable Will Hunting[14], en el que vemos el vínculo entre la vergüenza interiorizada y el desarrollo de una personalidad narcisista.

  1. ¿Qué podemos hacer con la vergüenza?

 Sugiero que grandes dosis de tolerancia serían buenas. La tolerancia es ese sentimiento que acepta la debilidad humana y abre los ojos ante el mundo y su infinita diversidad. Es un juez que comprende y no condena. Lúcida no lo excusa todo, pero procura no acusar a diestro y siniestro. Y sobre todo nunca a priori.[15]

Pero desde luego, el primer paso para salir de la vergüenza es hablar de ella y así poder nombrar lo innombrable, encontrar el momento de denunciar la situación que me provocó tal vergüenza. Como decía en el epígrafe anterior una de las características más funestas de la vergüenza es que no se puede nombrar, es incomunicable, queda atrapada en el interior. A las víctimas de abuso se las invita a denunciar, porque ese es el primer paso para salir de la situación, pero no es un proceso fácil porque en su historia callaron bajo coacción, o porque pensaron que nadie las creería, lo que suele ser cierto en muchos casos (la negación antes mencionada). O porque el entorno no las protegió y las invitó a olvidar y no hablar del asunto.

Al encontrar un entorno que, si las escuche, el segundo paso terapéutico pasa por devolver la vergüenza a quien debería sentirla, el abusador, sea en la realidad o en un trabajo de role-playing, y por último identificar al/la complice, es decir, quien no me protegió, para también devolverle la responsabilidad, que normalmente lleva la víctima sobre sus hombros, por la situación. La película danesa Festen (o Celebración en español) es un claro ejemplo de lo que acabo de relatar.

Juana es una mujer de más de 65 años cuando viene a mi consulta. Acude por recomendación de una de sus hijas, parece sufrir un estado depresivo caracterizado por la tristeza, la infelicidad, la falta de energía y rumiaciones imprecisas sobre el pasado. En las sesiones fuimos centrándonos de manera descriptiva en cómo experimentaba el mundo, en su experiencia en la familia nuclear. Descubrí que sufría de anemia crónica o talasemia lo que explicaría la debilidad, el cansancio, la palidez etc. Siempre me gusta descartar causas orgánicas que puedan hacer pensar en un cuadro psicológico. Poco a poco fuimos estableciendo una relación de confianza hasta el momento en el que me pudo contar que había sido abusada de niña, por su padre y su hermano. Teníamos aquí un primer paso para abordar su sufrimiento. Juana había podido “decir” lo “indecible” a alguien. Salir del silencio. El siguiente paso fue averiguar qué no se había hecho experiencia en este acontecimiento traumático, para convertirlo en una expresión en una experiencia reparadora. Ella elaboró lo que necesitaba expresar a su padre y hermano y en un juego de roles, se dirigió a ellos para expresarles lo que necesitaba expresar y que nunca había expresado. Yo la animé a que les devolviera a ellos la vergüenza que ella sentía. Faltaba aún, un paso más, dirigirse a la madre que no la había protegido, que la había abandonado literalmente a su suerte ya que la madre no vivía con ellos. Fue necesario responsabilizar a la madre y que también ella recibiera las dosis correspondientes de vergüenza que llevaba a cuestas Juana. La paciente parecía encontrase mejor, parecía que habíamos hecho lo necesario. Ella decía sentirse mejor, pero… Había algo que atormentaba a Juana de un pasado más reciente que el de su infancia. Fue después del trabajo con la madre como no protectora, no cuidadora o incluso cómplice cuando apareció esta angustia y un sentimiento de culpa en Juana. Al explorar, con delicadeza, de qué estaba hecho este sentimiento de culpa Juana me comunicó su preocupación y su duda sobre si sus hijas habían sido abusadas, por su hermano. ¿Había sido una buena madre? ¿Las supo proteger? Esto nos llevó al hecho de hablar claramente con sus hijas y preguntarlo. No fue fácil llegar aquí, porque por una parte Juana quería saber y por otra tenía miedo de saber. Me pidió que la ayudara a hablar con la hija que la había traído a terapia, que lo hiciéramos en la sesión ya que ella no se atrevía a abordarlo en casa. Preguntar a sus hijas si las había protegido de un abuso, era difícil para Juana porque también suponía contarles a ellas su propia historia, callada durante más de 50 años. Finalmente tuvimos la sesión con su hija y recuerdo cómo los tres lloramos, lágrimas compartidas que sirvieron para limpiar la vergüenza. También para calmar la duda de Juana. Su hija le dijo “has sido una excelente madre”.

Aquí terminó la terapia.

El sociólogo francés Vincent de Gaulejac[16] resalta que:

“El individuo humillado necesita encontrar un colectivo capaz de reasegurarle cuando él ha sido desposeído de sí mismo. Este paso al colectivo es una necesidad para restaurar la imagen de sí. La liberación no puede operarse en el individualismo, porque es la individualidad misma la que ha sido alcanzada y destruida. Dado que la alteración ha venido de fuera la restauración no puede efectuarse más que en una relación revalorizante”. Lo que ha sido atacado es el sentimiento mismo de existir, ser diferente y singular.

Al vivir una experiencia nueva, donde la persona se siente vista, reconocida y validada puede ir construyendo una nueva imagen de si misma. Las personas buscan en su aparente repetición de su historia que su sufrimiento sea escuchado y su dolor legitimado.

En terapia Gestalt estamos convencidos de que nada de lo que le ocurre a un organismo puede ser comprendido sin tener en cuenta que este organismo forma parte de lo que llamamos campo Organismo/Entorno. Desde esta perspectiva de campo, entendemos que es viviendo una nueva experiencia con un entorno diferente que la persona podrá resolver aquellas situaciones que se han producido en el seno de una relación. Porque consideramos que nuestro sufrimiento no es intrapsíquico sino que surge del contacto con el entorno y de las disfunciones de este contacto. Por tanto, lo que ha sido herido en una relación significativa, sólo puede sanarse en el seno de otras relaciones reaparadoras.

Gaulejac[17] lo expresa de manera muy bella cuando escribe:

El individuo humillado necesita encontrar un colectivo capaz de darle una reaseguranza cuando él ha sido desposeído de sí mismo. Este paso al colectivo es una necesidad para restaurar la imagen de si. La liberación no puede operarse en el individualismo, porque es la individualidad misma la que ha sido alcanzada y destruida. Es porque la alteración ha venido de fuera que la restauración no puede efectuarse que en una relación revalorizante

  1. Sobre el desprecio

            Necesito dedicar un momento a hablar sobre el desprecio. En la bibliografía consultada me he encontrado con un elemento común como es el de la mirada del otro en la construcción de la vergüenza. Aunque este otro, u otros, haya sido interiorizado siempre encontramos que existe un avergonzador/a. Y así aparece en la bibliografía, la humillación recibida, el que avergüenza, la mirada y el gesto que me hacen sentir vergüenza, a la que se puede añadir quien me avergüenza por sentir vergüenza etc.

            Pero no se suele hablar de la actitud, del sentimiento que emana del avergonzador. Y es por ello, que necesito hablar de esa actitud que hace que quien la vive se avergüence, se quiera esconder, quiera desaparecer. Esa actitud es la de desprecio y quien ha sentido el desprecio en sus carnes también ha sentido la consternación por sentir que no existe para el otro.

El desprecio es definido como “tratar a alguien sin amor”. Dicha definición de la RAE, no revela el efecto tan devastador que produce tal actitud. La persona despreciada se siente humillada, negada e indigna.

La palabra desprecio viene del latín de-pretiāre, es decir de la partícula dis que significa quitar y pretiāre que significa apreciar, estimar, dar valor o poner precio a las cosas. Tanto en español como en francés podemos jugar con la descomposición de la palabra des-precio (quitar el precio, el valor a alguien). En francés mé-pris significa lo mismo. La acción y el efecto de despreciar es mayor que la de menospreciar. El origen del menosprecio proviene de la palabra depreciar. Y aunque parezcan lo mismo no lo son. Ya que en el des-precio se le quita el valor (todo el valor) a alguien, mientras que en el menos-precio se rebaja el valor pero no se le quita del todo.

La actitud de desprecio suele implicar que la persona despreciativa se siente superior, te mira por encima del hombro, le resultas indiferente, te tiene en menos y en ocasiones en “menos que nada”. Muchos de los conflictos xenófobos, homófobos, racistas, de abuso de poder, de discriminación están sustentados en esta actitud. Que tiene que ver con el desdén, la repulsa y la intolerancia (sentimiento opuesto al mencionado en el epígrafe 3). En estas situaciones la persona despreciada no es un semejante, se convierte en un objeto, sometida a la indignidad se la puede aniquilar.

Los antónimos de desprecio son: aprecio, estima, atención, respeto

Amar lo idéntico a mí no requiere gran esfuerzo, amar lo diferente a mí sí que requiere un verdadero acto de amor y grandes dosis de tolerancia. Pero además lo diferente es el tipo de situación que nos confronta con lo desconocido, con la incertidumbre y que nos puede llevar a cuestionarnos nuestros valores, lealtades, moralidad. La identidad puede sentirse cuestionada con lo diferente, es por ello, que nos resistimos a aceptarlo, porque supone un cuestionamiento de aquello que hemos dado por verdadero, por bueno, por evidente etc.

  1. Sobre la psicoterapia

Todos los autores acentúan la importancia de la relación acogedora para superar la vergüenza. De la importancia que tiene experimentar la presencia de otro que me escucha y me valora. Estoy de acuerdo con mis colegas, que es desde y en relación que la vergüenza puede ser sanada.

Así Kaufman[18] expresa que “la psicoterapia ha de proveer una relación reparadora, que dé seguridad, que cure la vergüenza a través de nuevas experiencias de identificación. La psicoterapia es una relación, no una técnica o estratagema”.

Erskine[19] escribe “la psicoterapia efectiva de la vergüenza y reivindicación requiere un compromiso del terapeuta en una relación de contacto” (…) “Es a través de una psicoterapia de relación orientada a la relación de contacto que las dinámicas protectoras de la vergüenza y reivindicación son reveladas y resueltas. Un enfoque terapéutico en las relaciones de contacto alimenta un sentido individual de bienestar”.

La relación terapéutica puede ofrecer una situación donde la persona es recibida de otra forma. Así, si el entorno, terapeuta, introduce un cambio en el campo facilita que el organismo-paciente, pueda ajustarse diferentemente. Desde un paradigma individualista el acento ha estado puesto en conseguir un cambio en el organismo-paciente. La perspectiva de campo organismo/entorno, unida al principio fenomenológico de co-constitucionalidad de la situación, nos dice que como terapeutas somos co-creadores de la situación, por tanto, ejercemos una influencia en la configuración de la situación y en la formación de formas, en la constitución o en el bloqueo de la figura. Por lo que, si hacemos un movimiento diferente al esperado, muchos terapeutas dicen que el terapeuta no debe estar allí donde el paciente le espera, introducimos la novedad en la situación y contribuimos a que el paciente encuentre un nuevo ajuste creador.

Desde una perspectiva individualista se valora la autosuficiencia, la autodeterminación, el auto-apoyo. Pero la persona herida, ha sido herida en una relación y normalmente obligada por la situación a callar. Para salir del silencio y del sufrimiento, la terapia debe suponer un lugar de confianza, en el que se puedan expresar los sentimientos no expresados. Para que esta situación se dé, dos cosas más han sido características en los diferentes autores: la idea del apoyo o sostén en el campo y la idea de que el terapeuta ha de ser capaz de abordar su propia vergüenza y mostrarse honestamente. 

Para aquellos autores que se inscriben en una óptica de campo la idea del apoyo es incuestionable, y además resaltan que no se trata del apoyo por parte del terapeuta, sino de construir y favorecer el apoyo del campo. Wheeler[20] recuerda que el sostén aparece como lo opuesto a la vergüenza, pues el apoyo es el sentimiento de estar unido y receptivo en el campo. Malcolm Parlett por su parte dirá que apoyo es esa actitud que abre posibilidades nuevas.

Una relación de soporte dice Wheeler[21] es la esencia misma de la terapia y no un previo. Luego añade “el objetivo de la terapia, es la transformación de la experiencia de vergüenza en una experiencia de estar conectado, conectado al campo”, es recuperar la idea de co-construcción. En lugar de reparar o de desplazar la vergüenza, lo que acentúa la vergüenza, nuestro objetivo es sostener al paciente para que tenga la experiencia de vivir la vergüenza de manera diferente; y vivirla diferentemente significa vivirla en relación, en vinculo, más que aisladamente.

  1. Garrivet[22] por su parte insiste en que “el apoyo no es un asunto del paciente, ni del terapeuta, sino de los dos, pertenece, como la vergüenza al campo” y recuerda que la noción de apoyo no tiene que ver con apoyar a la persona sino al “de sostener la formación de la figura desde su emergencia hasta el contacto final”.

5.1 Consideraciones hacia el terapeuta

Todos los/as autores/as insisten en que el terapeuta ha tenido que abordar en su trabajo personal la vergüenza, para poder sostenerla en el paciente. Así como insisten en la comunicación por parte del terapeuta de sus sentimientos (Jacobs, Garrivet, Yontef, Kaufman). Y desde luego en la posibilidad de meta-comunicar, ya que nunca estaremos libres de malos entendidos, lo importante será poder hablar de lo ocurrido. No para culpar a una parte u otra del campo sino para averiguar cómo hemos co-construido esta situación. Lo que permitirá que la experiencia se despliegue y lo implícito se haga explícito. Orange habla de que la vergüenza es como un virus de ordenador que se infiltra e impide la comunicación. Recuerdo haber utilizado, hace tiempo, esta misma metáfora cuando me encontré con dificultades con una paciente. “Yo quiero comunicarme contigo y comprenderte, tu quieres comunicarte conmigo y ser comprendida, pero tengo la sensación de que hay algo que nos lo impide, como un virus de ordenador” le dije, y juntos pudimos ir combatiendo este virus y ver de qué estaba hecho. Apareció la vergüenza y el sentimiento de la paciente de no ser suficiente para mí.

He empezado diciendo, que preparando esta presentación he sentido rabia, reactiva a la vergüenza, porque leyendo los textos que decían que el terapeuta había de ser capaz de esto o lo otro, porque si no, estaría provocando una ruptura de la relación o favoreciendo la vergüenza, mi sentimiento era el de vergüenza y por tanto me defendía de ella mediante la rabia hacia estos colegas. La sensación de nunca ser suficiente para ser apreciado, ser reconocido, resultar satisfactorio es bastante común entre las personas que hemos vivido situaciones de vergüenza. No se refire sólo a una búsqueda de reconocimiento afectivo o social, implica la necesidad de sentir que existes y eres aceptado por ti mismo. También suele ser normal que la persona busque cultivar la diferencia (Gaulejac, yo, Sartre…), tendencia a cuestionar el orden establecido.

Yo mismo llevo años intentando cuidar este aspecto y sigo metiendo la pata. Pero lo que me enfada en esa búsqueda de la excelencia y la buena praxis, es que puede hacerse eco de ese perfeccionismo (que termina convirtiéndose en la búsqueda de un Yo Ideal) que existe en la vergüenza, acentuando la experiencia de que nunca es bastante, nunca es suficiente. Nunca está bien hecho. Existe demasiado dolor en tales exigencias. El otro día en una sesión de supervisión salió el tema. La persona supervisada estaba un poco harta de no llegar nunca a sentirse a la altura, y sentía que en esa búsqueda se menospreciaba de manera muy dolorosa.

Por eso quiero reivindicar que los terapeutas al igual que nuestros pacientes, hacemos lo mejor que podemos dadas las circunstancias. Rank[23] decía que el paciente no puede sanar más que a su manera y el terapeuta no puede curar más que a la suya. Por descontado, esto no implica que esté justificando hacer cualquier cosa y, de cualquier manera. Me consta que hay profesionales responsables y otros que no.

Por tanto, no quiero decir que el terapeuta pueda eludir su responsabilidad, en particular cuando culpa a sus pacientes de la falta de progresos. El terapeuta es co-responsable de la situación creada. Somos creados por la situación y co-creadores de la situación.

Si en líneas generales creo en estas premisas, más aún cuando hablamos de vergüenza. Porque como ya he dicho antes, en las experiencias de vergüenza la persona tiende a responsabilizarse absoluta y totalmente de la ruptura del vínculo. Pero opino que muchas de las rupturas terapéuticas ocurren cuando el terapeuta no está en contacto con la situación. Si se trata de la vergüenza, el paciente tenderá a responsabilizarse y la vergüenza en lugar de ser abordada y vivida de manera diferente al ser compartida con alguien, se incrementará y llevará al aislamiento y repliegue del paciente. En el apartado sobre la formación contaré una experiencia que habla de esto.

La postura clínica tanto en la sociología practicada por Gualejac como en nuestra practica psicoterapéutica debe fundamentarse en: la escucha, el saber de la experiencia y del conocimiento. Pero por encima de todo radica en favorecer los espacios de co-construcción del saber. Requiere de humildad del terapeuta, para como dice la regla de la reducción fenomenológica, poner nuestro saber, nuestros juicios, nuestras valoraciones entre paréntesis, para “saber con”. Es aceptar la incertidumbre, el estar perdidos. El paciente también lo está, y sólo no puede salir de su situación, pero nosotros tampoco podemos hacerlo solos. Paciente y terapeuta se necesitan mutuamente. Como escribía el poeta español Antonio Machado: caminante no hay camino, se hace camino al andar. Otro poeta, esta vez griego, Konstantin Kavafis en su poema Itaca nos recuerda que lo importante no es la llegada, la resolución, sino el camino recorrido, el proceso. Los resultados van surgiendo al caminar juntos.

La posición de no saber favorece la presencia del paciente, permite que éste aparezca tal y como es ante nosotros. Y favorece también nuestra presencia, desde una perspectiva estética, ya que nos conduce en definitiva a ser afectados por nuestros pacientes.

Considero que tenemos una profesión maravillosa y al mismo tiempo tremendamente jodida. Porque si queremos hacer bien nuestro trabajo, no dejamos de tener miedo, tenemos dudas sobre nuestra eficacia, sobre nuestras capacidades, sobre nuestra sensibilidad, sobre nuestros conocimientos. Leemos textos didáctico-clínicos y nos avergüenza no corresponder a los cánones que allí se exponen. Recuerdo que, en mis primeros años de formación, cuando conocí la teoría del self y su manera de hacer, sentí alivio por encontrar una manera de practicar la terapia que curaba mi vergüenza. Y al mismo tiempo me situaba frente a ella. No era capaz de salir de la manera de trabajar que había aprendido. Recuerdo haber dicho algo así: “hasta que no sea capaz de integrar la nueva manera de hacer, no podré deshacerme de la vieja”. En la actualidad veo en mí y en nuestros estudiantes la ansiedad y la vergüenza si no somos capaces de operar siempre desde una perspectiva de campo. A veces se nos olvida que el otro también es co-creador de la situación. 

En este acto de co-creación mutua, el terapeuta puede utilizar, como ya se ha sugerido anteriormente, el desvelamiento de sí mismo, es decir, de cómo está siendo afectado en ese momento de contacto. Y también, cómo es productor de la situación en curso.

En un grupo,

una persona que se sintió mal y no vista por mí, muy rápidamente se hizo responsable de la situación, y yo le propuse que explorara si yo le había fallado de alguna manera. Aunque creo recordar que no encontró la forma en la que yo le había podido fallar, creo que el hecho de que yo estuviera dispuesto a aceptar mi responsabilidad de la que yo mismo no era consciente pudo ayudarlaporque generalmente la persona avergonzada no está acostumbrada a que su entorno significativo sea capaz de responsabilizarse”

Otra persona, en un grupo en Lyon, escribió semanas después del grupo:

De nuevo gracias a ti Ximo y a ti Dominique, por vuestras palabras de ánimo y apoyo. Gracias por haber percibido lo que yo misma no había percibido. Tengo la sensación, gracias a vosotros, de haber entendido y comprendido, de haber aceptado…

Recuerdo esta frase que Ximo me dirigió en mayo de 2005 “creo que tu crees que me puedes destruir por lo que me puedas decir, pero yo estoy preparado para escucharte no sólo porque estás en tu derecho de decirme lo que te ha molestado, sino también porque yo se que gracias a ti yo me reconstruiré, más nutrido, diferente y que será bueno para mi y espero que para ti también”. Creo que no olvidaré jamás esta frase. Creo también que he experimentado lo que quiere decir esta frase, durante y después de la última sesión. Y estoy de nuevo aquí…

Ximo Tárrega Soler

Este texto nació como el guion de una conferencia impartida

EN EL XI CONGRESO INTERNACIONAL DE TERAPIA GESTALT, MADRID 2009.

Y se ha convertido en artículo nueve años después